Después de un largo viaje con escalas en São Paulo, Madrid, Milán y Lagos, finalmente llegamos al Reino de Arabia Saudita la mañana del 3 de enero de 2008.
Apenas comenzaba a asomar la luz del sol y el aeropuerto ya estaba colmado de gente. La mayoría eran hombres vestidos con túnica blanca y el tradicional pañuelo rojo y blanco en la cabeza, sujeto con un cordón negro.
Al realizar el trámite de migración me llevé una gran sorpresa.
Los militares tomaron mi pasaporte y, en lugar de devolvérmelo, me entregaron un pequeño cartón que me autorizaba a permanecer solo 72 horas en el país.
Después de algunas averiguaciones entendí la razón.
En ese momento Arabia Saudita no permitía el ingreso de turistas.
La única excepción era el turismo religioso de los musulmanes que peregrinan cada año a La Meca durante el Hajj.
Nuestra presencia era una especie de autorización especial.
Trabajábamos en aerolíneas que trasladaban peregrinos durante el Ramadán, por lo que nuestra estadía era necesaria para la logística de los vuelos.
Apenas salimos del aeropuerto sentí algo que todavía recuerdo.
El peso del aire caliente.
Incluso siendo invierno, la temperatura y la densidad del aire del desierto se hacían sentir inmediatamente.
Durante el vuelo desde Lagos a Jeddah había conocido a unas chicas jordanas que también formaban parte de la tripulación que transportaba peregrinos. Con ellas fui hacia el hotel donde me hospedaría durante ese mes.
En el camino, el paisaje era exactamente lo que uno imagina al pensar en el desierto.
Tierra árida hasta donde alcanzaba la vista, interrumpida apenas por alguna palmera que parecía intentar refrescar el paisaje.
Jeddah, aunque no es la capital del país, es una ciudad muy importante debido a su cercanía con La Meca.
Las avenidas estaban llenas de autos modernos, taxis y ómnibus que se movían en un tránsito bastante caótico.
Cerca del hotel aparecían edificios con marcas internacionales… pero todas escritas también en árabe.
Después de desarmar mis valijas, tomé una túnica prestada y salí rumbo al Balad, el mercado tradicional de la ciudad.
Necesitaba comprar mi propia túnica para cumplir con las normas de vestimenta del país y poder moverme libremente.
Acompañada por algunos compañeros que ya llevaban varios días allí, comencé a adentrarme poco a poco en una cultura tan distinta y, para muchos occidentales, tan polémica.
Moverse por la ciudad tenía sus particularidades.
Por la puerta del hotel pasaban camionetas de transporte… pero solo los hombres podían viajar en ellas.
Las mujeres debían subir a los ómnibus por la puerta trasera y viajar en un espacio separado.
La otra opción eran los taxis.
Y fue la que elegimos.
Los taxis se detenían solos al ver extranjeros, y el precio del viaje se negociaba siempre mediante regateo.
Muchas casas eran blancas o color tierra.
Las ventanas estaban cubiertas por entramados de madera que permitían a las mujeres ver hacia afuera sin ser vistas desde la calle.
Una forma arquitectónica de preservar la privacidad femenina.
Al llegar al mercado se veía un enorme retrato del Rey de Arabia Saudita junto a sus dos príncipes, muy queridos por la población
El mercado era un mundo en sí mismo.
Las primeras calles estaban llenas de casas de cambio y joyerías, donde se exhibía una impresionante orfebrería de oro, oro blanco, diamantes y piedras preciosas.
Más adentro aparecían tiendas de especias, túnicas, telas, alfombras, pashminas… y por supuesto, la inevitable piratería china de marcas internacionales.
El aire estaba lleno de aromas.
Perfumes árabes, incienso y especias se mezclaban mientras los comerciantes llamaban a los clientes.
Todo se compraba mediante regateo.
De hecho, negociar el precio es parte tan natural de la cultura que un comerciante puede incluso sentirse ofendido si uno acepta el primer precio sin discutirlo.
Aunque en la calle las mujeres vestían casi siempre túnicas negras, en las tiendas se vendían túnicas hermosas de colores, con bordados, lentejuelas y detalles brillantes.
Estas se usaban dentro del hogar.
Las mangas largas tenían una razón cultural:
en esa sociedad, las muñecas y los codos se consideran partes sensuales del cuerpo femenino.
Los hombres vestían túnicas blancas en la calle y pañuelos en la cabeza, dependiendo de su nivel de religiosidad.
Para el hogar usaban otras túnicas, más sobrias.
Más tarde supe algo curioso.
Algunos hombres utilizaban estas túnicas como forma de comunicar a sus concubinas su deseo sexual: sentarse en la sala con la capucha puesta era una señal implícita.
En el mercado también abundaban las tiendas de shishas, las tradicionales pipas de agua.
Al atardecer era común ver grupos de hombres sentados tomando té y fumando mientras conversaban.
Como el consumo de alcohol está prohibido, estos espacios funcionan como los bares del mundo occidental.
Alfombras en el suelo, almohadones, pequeñas mesas… y largas conversaciones.
Fue en uno de esos lugares donde vivimos una situación inesperada.
Un día, cerca de las cuatro de la tarde, nos sentamos con unos compañeros en uno de estos sitios para probar las shishas.
El lugar estaba vacío y parecía perfecto para descansar un rato.
Nos sirvieron dos hermosas pipas con tabaco de sabores cítricos y pasamos varias horas charlando.
Cuando quisimos darnos cuenta, el lugar se había llenado de hombres que venían a relajarse después del trabajo.
De repente el ambiente cambió.
Apareció un hombre vestido de blanco, con un rosario en la mano, que comenzó a observarnos con insistencia.
Se acercó visiblemente molesto.
Nos dijo que las mujeres no podían fumar en público y que estábamos faltando a la ley.
Si no nos retirábamos, podían arrestarnos.
Por suerte logramos explicarle que éramos extranjeros y desconocíamos esa norma.
Finalmente se calmó.
Pero fue suficiente para recordarnos que estábamos en un país donde las reglas religiosas se aplican con mucha seriedad.
La religión está presente en cada rincón de Arabia Saudita.
Hay una mezquita prácticamente en cada cuadra.
Cinco veces al día, desde los altoparlantes, se escucha el llamado a la oración.
Y en ese momento todo se detiene.
Los comercios cierran inmediatamente, la gente deja lo que está haciendo y los hombres caminan hacia la mezquita más cercana.
Las mujeres rezan en la calle, sobre pequeñas alfombras individuales, orientadas hacia La Meca.
Si uno se encuentra dentro de un supermercado o una tienda cuando empieza el rezo, es posible que quede encerrado dentro hasta que termine la oración.
Algo que me llamó mucho la atención fue la sensación de seguridad.
Uno podía caminar solo por la noche sin miedo.
Las penas por delitos son extremadamente severas, lo que hace que prácticamente no existan robos ni criminalidad en la vida cotidiana.
Jeddah está situada junto al Mar Rojo.
A pesar del calor del desierto, casi nadie se baña en él.
Los únicos que pueden hacerlo son los hombres… y lo hacen vestidos.
Pero la vida siempre trae sorpresas.
Un día conocimos a Amro, un joven árabe que había estudiado en Estados Unidos y tenía una mentalidad mucho más abierta.
Nos invitó a cenar a su casa.
Y como nosotros soñábamos con bañarnos en el mar, nos llevó a una playa privada para extranjeros.
Allí vivimos un día increíble.
Sol, agua cristalina y una de las aguas más saladas que he sentido en mi vida.
Flotabas sin hacer absolutamente nada.
En medio del desierto… era un verdadero oasis.
Después de ese mes finalizó la misión Hajj.
Regresamos a nuestro querido Uruguay con el avión lleno de peregrinos.
Y yo regresé con algo más.
Una experiencia inolvidable.
Una oportunidad única de convivir con una cultura completamente diferente a la mía.
Una de esas vivencias que la vida te regala cuando te animas a viajar.